miércoles 4 de agosto de 2010

definitivamente… no hablamos de lo mismo


El tema del que quiero hablar hoy tal vez peque de vanal, pero… mientras uno está en proceso de estudio “…el peor trabajo del mundo..” según mi hermana, empieza a pensar, por mero afán reacreativo en las sutilizas del idioma.

Me dicen los amigos gramáticos que cuando dos palabras suenan igual, pero se escriben distinto, son denominadas homófonas.


Parece que cada vez que alguien inventa una palabra, un gracioso de otra región diferente, le cambia el significado o la forma de escribirse.
Tal es el caso de tubo y tuvo. No es lo mismo el chico que tuvo un mal día, a un tubo de ensayo, ¿no?

Un caso ejemplar de esto, me parece el tema de los cayos/ callos.
Un cayo… con la y griega en el esplendor de su uso, es un pequeña isla, que generalmente no está pobladas por humanos, lo cual no sólo las hace paradisíacas, sino también reservorio de muchas exóticas variedades de vegetación y reptiles.

Casos ejemplares de éstos son los cayos alrededor de Cuba o la península de Florida.

Si cambiamos la y por ll nos encontramos con otra cosa, diamentralmente opuesta.
Los callos son aquellas zonas de la piel en las que se produce acumulación de queratina, compactación de células inertes de la epidermis en respuesta a un estímulo que puede ser, generalmente, el roce o la fricción excesiva.

Hagámoslo más gráfico:







Los callos son molestos y según un sabio amigo: “cuanto más se combaten, más se fomentan”.

De todas maneras existen numerosas maneras para intentar sacárselos de encima: la conocida piedra china, ir al podólogo, cambiar la cafeína y el alcohol por jugo de zanahoria, frotarlos con cebolla, remojar los pies en infusiones de manzanilla, cremas, limas, etc.

Hoy, recopilando fuentes en diarios porteños de 1882, encontré este recorte que adjunto abajo, para que aceptemos que los muy guachos son más viejos que la peste y que no se van ni con los años.